miércoles, 13 de marzo de 2013

Huestes oníricas


                                   Todo muere, las huestes oníricas ya están a las puertas.
                                                                               M.F.
Decapité la luz de la noche cerrando las persianas.
Amordacé el último pensamiento,
ese turista perdido,
que pasaba por lo que restaba de mi consciencia.

Mi cuerpo ya solo es una ciudad en la madrugada
donde se oyen muy lejos, muy lejos:
los ronquidos de un vagabundo,
en sus sueños come desganado las dos palabras
que tan alegre canta a lo largo del día;
la esquizofrenia,
los cambios de humor de los semáforos,
reyes del día, que regulan un reino 
sin súbditos por la noche;
la melodía de una botella que se rompe
y el desandar curvo hacia el hogar.

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